EL CARRETERO DE LA MUERTE SELMA LAGERLOF PDF

Published by Porrua Hnos. From: The Oregon Room - Well described books! Phoenix, OR, U. Seller Rating:. About this Item: Porrua Hnos.

Author:Kajikinos Akinozilkree
Country:Mayotte
Language:English (Spanish)
Genre:Politics
Published (Last):10 May 2005
Pages:148
PDF File Size:6.16 Mb
ePub File Size:20.46 Mb
ISBN:162-7-62051-297-1
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This document was uploaded by user and they confirmed that they have the permission to share it. If you are author or own the copyright of this book, please report to us by using this DMCA report form. Report DMCA. Home current Explore. Words: 31, Pages: Preview Full text. Tiene una hemorragia interna. Era el de San Silvestre. Estaba el cielo pesado y plomizo. Las calles no estaban animadas; no se trabajaba en las casas.

Esta es la hora en que ella se acercaba a los desgraciados. Usted, sor Edit, ha hecho bastante por los desventurados. Estas palabras parecieron haber tenido el don de libertar a la moribunda de las visiones que la atormentaban. La capitana oraba con fervor y acongojada. Una mujer aguardaba en la primera pieza. Seguramente la he visto ya, pero no la hubiera conocido.

No ha podido contestarme. Yo he visto con frecuencia mujeres apaleadas y no ofrecen nunca este aspecto. Nosotros hemos visto reflejado en el rostro de sor Edit que algo terrible estaba ocurriendo. Cuando se la toma de la mano, sigue, pero no entiende. Las dos salutistas entraron precipitadamente en la alcoba. La enferma se agitaba en la cama. Las dos salutistas se levantaron de un brinco, temiendo que la demente se arrojase sobre la moribunda. En ese momento, ambas tropezaron con la mirada suplicante de la madre.

Yo me encargo de esta pobre mujer. No permanecen en la obscuridad. La vida no parece haber quebrantado su vigor. Pero los otros dos le apremiaron para que continuase. Pues no crean que este hombre sea un carretero vulgar. Desde el momento en que alguien va a morir, se presenta con su vieja carreta chirriante, tan veloz como lo permite la pobre bestia derrengada. Es que el carretero de que yo les hablo no es la propia Muerte, sino solamente su lacayo. Parece ser que aunque se trata siempre del mismo lamentable carromato, no es siempre su conductor el mismo carretero.

Ese es el carretero predestinado por la Muerte. Si llega a apoderarse de ustedes una idea semejante, muy bien pudiera ocurrirles lo mismo. No es posible que concedan tanta importancia a una vieja paparrucha como esta. El amigo de quien les he hablado era un poco flojo; ya ven que no era como nosotros, de buena cepa sueca.

Yo les he dado las gracias. No estoy para escuchar sus sermones y sus devociones. A eso hay que ir, ciertamente por propio impulso. Cesa de luchar y cae al suelo mientras que un largo hilo de sangre brota de sus labios. Esto es ya muy grave, pero lo que aumenta la gravedad casi irreparable es que los dos vagabundos, al notar que una sangre caliente les salpica las manos y ver que su adversario se tiende a lo largo, se imaginan que lo han matado, y emprenden la fuga.

La pobre voz humana queda ahogada por las ondas del bronce y nadie lo oye. Produce angustia. Evoca como un presentimiento de todas las torturas y de todos los sufrimientos imaginables. Pero se siente presa de un aturdimiento al cual no puede substraerse.

Pero, aunque seminconsciente, descarta la idea del carro de la Muerte. Vuelve a caer en su amodorramiento y de nuevo el terco chirrido corta el aire. Ciertamente es el ruido de una carreta. Entonces David Holm sacude su modorra. Parece provenir de muy lejos; pero no cabe duda de que es esto lo que le ha despertado. Lo intenta. Se aproxima. De pronto se detiene y escucha atentamente un largo minuto.

El coche ha descendido por la calle mayor, hasta su final, pero no ha dado la vuelta hacia la plaza. Viene por el lado de la iglesia. Ha entrado en los jardincillos. Mas el resultado es siempre el mismo. La caja cruje y alborota, los ejes rechinan. El terrible chirrido acobarda e impresiona a David Holm. Su aspecto es el mismo que David Holm acaba de describir a sus camaradas. Pero Jorge es un hombre libre que no tiene ni mujer ni hijos. No obstante, no puede ser otro que su camarada Jorge, su compinche de borracheras.

Reconoce su larga nariz, su cabeza puntiaguda. Es Jorge en persona, con su menudo cuerpecillo que tan mal se apareja con su cabeza de sargento. David Holm se siente reanimado. Le ha fallado la idea de meterme miedo con su disfraz. Nunca hubiera yo discurrido cosa parecida. Mientras tanto, el carretero se ha acercado al hombre tendido en tierra.

Se detiene y lo contempla. Su faz es severa e impasible. Seguramente no conoce a este que yace ante sus ojos. Ya no es tiempo de ponerte sobre aviso… David Holm escucha con profundo estupor. El buen humor de David comienza a trocarse en impaciencia. Volviste la cabeza, creyendo que era una carreta; pero no viste nada.

No es tampoco posible exigir de ti que comprendas lo que te ha ocurrido esta noche; pero bien sabes que yo, que te hablo, no soy un ser viviente.

No es posible que no observes que hoy te hablo con voz muy distinta a la de entonces. El carretero extiende la mano, y David ve que una rama, por encima de su cabeza, atraviesa esta mano y cae a estrellarse en el suelo.

En la enarenada avenida hay una rama. No creas, por lo tanto, que este cuerpo no existe. Viene a ser como la imagen que mil veces has visto en un espejo, y que se hubiese salido de la luna; que pudiese hablar, ver, moverse. El pensamiento de David Holm no se rebela contra la evidencia. Mira la realidad cara a cara, y no trata ya de resistirse. El alma duda y tiembla de angustia antes de penetrar en un mundo para ella desconocido. Lo que quisiera pedirte es que no te opongas a lo que te espera, sino que te sometas a ello de buen grado.

Es preciso ejecutar, aquello a lo que se ha sido condenado a ejecutar. De grado o por fuerza. Tendido en tierra yace un hombre vigoroso, de alta estatura, vestido de sucios andrajos.

Tiene el rostro rojo e hinchado, del que apenas se adivinan los rasgos primitivos. Es su doble, seguramente. Se vuelve bruscamente. Entonces se siente apresado por las manos, mientras sus piernas le flaquean. En el instante mismo el carricoche comienza a bambolearse. La puerta de entrada se halla en una de las fachadas de la casa, y al lado mismo hay un hornillo: es la cocina, en la que se han reunido todos los utensilios necesarios. La mujer viste de negro, sin insignia alguna, pero junto a ella, sobre la mesa, yace un sombrero del tipo adoptado por las salutistas.

Verdad es que estos permanecen mudos; uno de ellos de pie, apoyado en el quicio de la puerta; el otro, tendido en tierra, a sus pies. Voy a intentar una postrera tentativa. El salutista se detuvo en el momento de ponerse su abrigo.

Lo importante es hallarlo. Nosotros, Gustavsson, y todos los que la conocen nos hemos dejado convertir y ganar por ella.

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