ALGO AZUL EMILY GIFFIN PDF

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Author:Brazshura Gokora
Country:Cape Verde
Language:English (Spanish)
Genre:Environment
Published (Last):6 August 2008
Pages:285
PDF File Size:10.17 Mb
ePub File Size:20.89 Mb
ISBN:522-8-17580-632-7
Downloads:59094
Price:Free* [*Free Regsitration Required]
Uploader:Shaktisar



This document was uploaded by user and they confirmed that they have the permission to share it. If you are author or own the copyright of this book, please report to us by using this DMCA report form. Report DMCA. Home current Explore. Words: , Pages: Preview Full text. Vaya mal rollo para ella. Para entonces seremos viejas. La nueva tostaba cuatro rebanadas de pan a la vez, en lugar de dos.

Dejar de rumiar sobre el sentido de la vida y empezar a hacer listas de la compra. Pero ya no tan joven. Igual que la Nochevieja, esta noche es un final y un principio. No me gustan los finales y los principios. Mis deseos son sencillos: un trabajo que me guste y un hombre al que quiera.

Primero, soy abogada en un gran bufete de Nueva York. En cuanto se me ocurra alguna otra cosa para pagar el alquiler. Lo cual me lleva a mi segundo punto: estoy sola en una ciudad con millones de habitantes. Tengo muchos amigos, como se demuestra por los que han venido esta noche. Amigos con los que ir a patinar. Amigos con los que ir a los Hamptons en verano.

Amigos con los que reunirme el jueves por la noche para tomar un par de copas, o tres. Y tengo a Darcy, mi mejor amiga de la infancia, que es todo lo anterior junto.

No planeaba estar sola a los treinta, ni siquiera al cumplir los treinta. Pero he descubierto que no puedes crear tu propio calendario y lograr que se haga realidad solo con desearlo. Darcy sigue siendo la de la suerte. Dex y Darcy son una pareja exquisita, esbeltos y altos, con pelo negro y ojos verdes a juego. Una pareja bien vestida, interesada en el cristal y la porcelana fina de la sexta planta de Bloomingdale's. Te esfuerzas para verle el anillo y, de inmediato, lamentas haberlo hecho.

Vuelvo enseguida —dice Darcy, de repente—. Pero ahora nuestra suerte se ha invertido. Como si Darcy pudiera estar soltera alguna vez. Ha mantenido su palabra y siempre ha sido ella la que ha dejado tirada a su pareja. Y no es que pueda hablar por experiencia. Nada de viaje de mochila por Europa, ni de historias locas, nada de relaciones malsanas y lujuriosas.

Nada de secretos ni intriga. Y ahora parece que es demasiado tarde para todo eso. Antes de darme cuenta, la noche empieza a tener ese cariz borroso que toma cuando pasas de estar alegre a estar bebida y pierdes el sentido del tiempo y del orden preciso de las cosas.

Hillary, mi mejor amiga del trabajo—. Nunca he bailado encima de una barra de bar. Miro a Dex, que en estos momentos nunca sabe si sentirse divertido o molesto. Todo el mundo lo hace. Sin dejar de mirarla a ella. Voy a llevar a la organizadora de la fiesta a casa. Darcy arranca su bebida del bar y da una patadita en el suelo.

Dex pone mala cara. Con todo, fue amable por su parte organizar la fiesta y me alegro de que lo hiciera. Es la clase de amiga que siempre hace que las cosas parezcan especiales. Dex la interrumpe. Buenas noches. De todos modos, ayudo a Dex a buscar el bolso y, al final, lo encontramos debajo de un taburete del bar.

De todos modos me gusta; no es elegante ni un antro que se esfuerza por ser guay ya que no es elegante. Enseguida vuelvo. Al fondo suena Omaha. Esta noche nadie tiene que saber que solo tomo parte en la fiesta nupcial. Dex y yo hablamos de nuestros trabajos y del alquiler de la casa que compartimos en los Hamptons, que empieza dentro de una semana y de muchas otras cosas. Se lo digo. Dos veces. Pero no lo menciono. Miro la esfera plateada de su Rolex, un regalo de Darcy. Son casi las cuatro.

Permanecemos sentados en silencio durante diez o quince manzanas, cada uno mirando hacia fuera por la ventanilla de su lado, hasta que el taxi da con un bache y me lanza hacia la mitad del asiento, con la pierna rozando la de Dex.

Como sea, nos estamos besando. Tengo la mente en blanco, mientras oigo el suave sonido que hacen nuestros labios al encontrarse una y otra vez. Llegamos a la esquina de la Setenta y tres y la Tercera, cerca de mi piso. Dex le da un billete de veinte al taxista y no espera el cambio.

Nos besamos durante todo el viaje en ascensor. Estoy apoyada contra la pared, con las manos en su nuca. Me sorprende lo suave que tiene el pelo. Busco a tientas la cerradura y le doy vuelta a la llave en sentido equivocado, mientras Dex me abraza por la cintura y me besa en el cuello y la mejilla.

Me acuerdo de Darcy, pero la relego al fondo de mis pensamientos, dominada por una fuerza superior que nuestra amistad y mi propia conciencia.

Dex se me pone encima. Cierro los ojos, los abro y los vuelvo a cerrar. Luego oigo la voz aguda de Darcy en el contestador, insistiendo en que conteste, conteste, conteste, por favor.

De repente, tomo conciencia de mi delito. Le doy fuerte con el dedo. Se da media vuelta y me mira. Mi radio reloj nos dice que las siete y cuarto. El contestador suena dos veces, cortando a Darcy.

Vuelve a llamar, gimoteando que Dex no ha vuelto a casa. De nuevo, el contestador la silencia a media frase. Empiezo a levantarme y entonces me doy cuenta de que estoy desnuda. Me siento de nuevo y me tapo con una almohada. No lo cojas Mareada, me inunda un espanto que me devuelve la sobriedad. Rompo a llorar, lo cual nunca sirve de nada. Doce llamadas perdidas —dice como si nada. Inspira y espira. Luego me mira, sereno. Esto es lo que vamos a hacer. Solo escucha —dice, como si estuviera hablando con un cliente en una sala de reuniones.

Estamos cubiertos. Mentir nunca ha sido mi fuerte. Se vuelve y me mira desde el umbral. Pero su tono es amable. Solo di lo que te he dicho que dijeras Y, Rachel No puedo pensar. Se suena. Los bares cierran a las cuatro o las cinco.

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